La pulsera roja
Hola de nuevo,
En julio escribí este post. Aquí va.
Me pilláis en un 26 de julio de 2025. Localización: Port del Comte, el lugar donde, por un fin de semana, porque una es responsable y tiene que trabajar el resto de la semana, se para el tiempo.
Me he despertado pronto, sin haber dormido mucho. Ojeras hasta las mejillas, pero, paradójicamente, descansada.
Me he bebido un vaso de agua, barrido un poco la casa y tomado mi matcha habitual. Hoy al sol, con el libro que leo actualmente, Piedras en el bolsillo.
Cuando ya llevaba un rato, mi taza apoyada en el suelo insinuando restos de un matcha que ha sido bebido en aproximadamente dos minutos (es mi único vicio, lo juro) y unas cuantas páginas narrando la vida de esta treintañera de Argel, criada en la postguerra descrita con faldas más cortas, antros sin nombre y terrorismo. Una sociedad torturada que se arraigaba a sus raíces, a sus costumbres, no siempre sinónimas de bienestar ni aceptación social. Donde el tema del matrimonio y de esa imagen perfecta, creada por, me pregunto por quién, se menciona en cada página que leo y la relación mujer-hombre se muestra como obligación y malestar. Me pierdo; ahora sigo. Cuando de repente, girando la página, mi mirada ha ido a parar a mi muñeca derecha. En esta tengo dos cadenas doradas y una pulsera roja. Esta última estaba partida, aferrándose a los últimos instantes que le quedaban atada a mi mano.
Y me diréis, Caroline, ¿por qué no escribes nada en meses y vuelves con un post sobre una pulsera roja? Prueba de que a veces no necesitamos estar en Bali para inspirarnos, solo necesitamos lo que llevamos dentro, en este caso, encima.
Pues esta pulsera me recuerda al día en que la compré, o más bien me fue regalada. La Caroline de 23 años, recién graduada entre lágrimas y mucha incomodidad, estaba pasando unos días aislada en la Isola d’Elba, una isla de la Toscana. Una de esas tardes, en ese pueblecito, sin ni siquiera supermercado, Caroline decidió ir a la playa. Cogió su toalla, libro y un billete de 10 €. Acabó siendo la mejor tarde de todo el viaje. Estirada en la arena caliente durante horas, se acabó su libro y se fue a nadar tan lejos que las personas que estaban en la orilla remojando los pies tenían el tamaño de una hormiga.
Al volver, un hombre había llegado en una especie de barca, desde el agua, con una tabla llena de pulseras. La ocasión perfecta para comprar souvenirs.
Se acercó, relajada y feliz, con el billete de 10€ y su italiano aproximado. El hombre que las vendía resultó ser argentino. Se paseaba de playa en playa con su barca vendiendo dichas pulseras. Caroline, hablando con él y pidiéndole los significados de cada una, acabó comprando tres. A lo que el hombre replicó con un: “Elige una de estas; cada color tiene un significado. Te la ataré con tres nudos; en cada uno de ellos tendrás que pedir un deseo.” Caroline señaló la roja. “Rojo pasión”, dijo el hombre de las pulseras.
Venía de un año de mucho estrés, presión por acabar la carrera, cambios de vínculos. Y por fin pasaba una tarde para mí. Una tarde con el sol en la cara, la piel salada y sintiendo cómo el nudo que llevaba dentro se empezaba a deshacer. Pedí los tres deseos, me dio un abrazo y volví a mi toalla, en la que me quedé hasta que el sol le cedió paso a la luna.
Hoy, la pulsera se ha roto. Se ha roto recordándome esa tarde y sobre todo que los tres deseos se han cumplido.
Hasta la próxima,
Caro.
